martes, 12 de marzo de 2013

¿Cómo se llama el libro?


Este libro narra la historia de dos amantes. Un gran pintor llamado Juan Pablo Castel, quien durante la presentación de sus pinturas, vió a una mujer, la cual estaba observando ciertaparte de una pintura de Pablo; en la esquina  aparecía una ventana con alguien mirando sola hacia el mar. Nadie había puesto interés  alguno a ésta escena, por lo cual Juan Pablo le puso atención a aquella mujer, pues además de ser hermosa, fue la única que observó esa escena que para él era la más importante y sólo ella la notó.
En ese  momento,, no tuvo el valor de hablarle y luego de unos minutos, la perdió de vista y no la volvería  a ver hasta tiempo después, pues se decidió a salir a buscarla; pero pasados algunos días y después de estar planeando la forma en la que le hablaría, creyó que nosabría nunca nada de ella,, pero un día en un parque  observó a una mujer parecidaentrando a un edificio, así que la siguió, entonces se dio cuenta de que no se equivocaba, así que subieron juntos por el ascensor, sin embargo  no supo cómo hablarle, así que dijo lo primero que se le ocurrió y terminó en un momento embarazoso para ambos.
Días más tarde la volvió a ver en el mismo parque, se armó de valor y la fue a buscar;  en esaocasión, pudieron estar juntos y charlar un rato, aunque existieron silencios incómodos para ambos; luego de presentarse , consiguió su teléfono y su nombre, el cual era María Iribarne.Pablodecidió hablarle esa misma noche, sin embargo en los momentos que estaban hablando pensó muchas cosas por lo que María le había dicho, se puso mil ideas en su cabeza y cuestionaba todo, cada sonido producido durante la llamada, absolutamente todo,  como solía hacerlo siempre.
Tiempo después consiguió su dirección y fue a buscarla, pero se enteró de que estaba casada con un hombre ciego, entonces se dio cuenta de que le había dado su nombre de soltera, además le dijeron  que había ido a una estancia con sus primos unos días. Regresó a su casa a esperarla a que llegara, cuando regresó se pudieron conocer mejor y se convirtieron en amantes, aunque normalmente se peleaban y se reconciliaban, una y otra vez.
Pasado el tiempo, María invitó a Juan Pablo a la estancia con sus primos, los cuales eran muy tontos, para ambos; estuvieron unos días allí, pero Pablo decidió volver a casa. Como siempre se cuestionaba todo, cuestionó la razón del por qué María pasaba mucho tiempo en la estancia, pensó que algo malo estaba pasando allí; se cuestionó tanto, que llegó a la conclusión de que María era amante de su primo y de él, además de estar casada con su esposo ciego. Salió a buscarla a la estancia, donde pudo confirmar que verdaderamente era amante de su primo; no pudo soportarlo y la mató. Luego fue con el esposo ciego de María y le dijo que su esposa era amante de dos a la vez; tiempo después se enteró de que se había suicidado, y Juan Pablo fue a parar a la cárcel por haber asesinado a María.
Este libro es muy entretenido; además, no sólo habla de una historia de amor, pues tiene valiosas lecciones, como el cuestionarte todo lo que ves,  no solo quedarte con las ideas que muchos creen que es verdad, como lo son los mitos y tabúes, que son los responsables de muchos errores cometidos por la gente, sino cuestionarlos y llegar a tus propias conclusiones.
Nombre: Cristian Gustavo García Osorio
Escuela: “Preparatoria 2 de Octubre de 1968”, BUAP

Dudaba en escribirte estas líneas


El hombre miró el sello postal en el sobre y suspiró. Dobló la carta con cuidado y la metió en la enorme bolsa de su abrigo gris Oxford. Elevó la mirada al cielo como esperando que la respuesta estuviera escrita en el cóncavo azul.
Al guardar la carta, un sonido crujiente de apenas una leve modulación, se percibió en su abrigo.  No le era ajeno nada de lo escrito, sentía la honestidad de María en cada palabra, la honestidad que no por ser verdad era menos dolorosa.  Había previsto esa respuesta, unos meses atrás cuando tomaba su café en la esquina de Riveras Sur. La vio pasar, tan hermosa y autónoma. Quiso mover la mesa, la silla, regar la azúcar o toser fuertemente para que ella lo viera, pero inmediatamente  observó que sí lo había visto y estaba haciendo todo lo posible para no acercarse a hablarle. Recordó que esa tarde fue triste, no tanto por lo nublado del cielo que a él siempre le parecía elegante, sino por el desaire de su querida María.
Se fue caminando, casi arrastrando los pies por el piso marmoleado, y se sentó en el sofá, cogió el tercer tomó de La Odisea. Sus muchos años no pesaban tanto como aquel regordete libro donde el guardaba las cartas; respiró raspadamente y antes de guardar aquel deslucido pliego, volvió a leer.
Hola David:

Dudaba en escribirte estas líneas, pero mi madre y Jorge me alentaron a hacerlo. No te miento que me pareció sorprendente que me buscaras después de tanto tiempo; cuántas veces deseé encontrar alguna carta tuya en el buzón de casa, pero esos tiempos pasaron. Jorge encontró prosperidad en su negocio de organizador de fiestas, como sabrás.

Sofía está realmente sana, creciendo; va a graduarse ya de la secundaria, sacó los ojos almendrados de mi madre y Enrique tiene un cierto aire  a ti; le gustan los libros y andar investigando, coge una lupa y anda por todo el jardín inspeccionando cualquier bicho raro. Mi esposo piensa que con el tiempo se le pasará, yo preferiría  que no, pues esa cualidad intelectual siempre te la admiré.

Bueno, ¿qué te puedo decir?, ¿cómo resumir la vida de una persona, en tan pocas líneas? Creo que lo interesante se ha dicho. Tengo una familia que amo, trabajo media jornada en una importante galería de arte que me permite exhibir mis pinturas. La vida es activa por el día, pacifica en las noches. Realmente disfruto.

Por último, la respuesta a tu pregunta es: no te preocupes, no hay que perdonar nada. Las cosas a veces son así y tú fuiste por lo que te parecía importante; no te culpo. Sería tonto negar que me hiciste falta, decir que no extrañé tu olor y abrazos, pero te repito, eso ya pasó. Pido por favor que te cuides, pero como ya te comenté, realmente disfruto la vida, no quiero mentiras ni caos en ella. Así que por favor, no vuelvas a buscarme; no lo malentiendas, sencillamente así es mejor.

María.

El viejo David quería llorar, pero las lágrimas se le habían secado con la edad, algo obvio para quien muy pocas veces se dejó ser vulnerable, fue un hombre introvertido. Veló por los intereses de la ciencia, se casó y divorció, pasando casi toda una vida con su investigación de geología atómica y cuando se dio cuenta de que la vida se le había ido, estudiando un montón de piedras que le habían arrojado datos inexactos del origen mineralógico de las cuevas Torous, intentó enmendar su vida.

Así era en ocasiones la empresa de la ciencia, uno podía dedicar toda su vida a un descubrimiento, para que al rato ese hallazgo se convirtiera en una teoría, que lo más probable era que no fuera totalmente exacta y se pudiera desmantelar. No se arrepentía de su oficio como científico, el amaba los fósiles y minerales, tanto como un chef puede amar el cacao, la harina y los aderezos.

Simplemente se había dado cuenta algo tarde de que también amaba a su familia, más allá de la vida en el laboratorio y las cuevas. Entendió que aparte de ser un científico con exceso de tierra en las uñas, que persiguió y logró el prestigioso puesto de Director del Instituto de Ciencias Geológicas del Norte, se podía ser esposo, amigo, padre, hermano, un hombre pleno. Había tratado de acercársele a María tantas veces desde hace algunos años, mas le resultaba difícil.

Estando en las cuevas Torous escribía postales que enviaba en Navidad o primavera, ofreciéndole apoyo económico, trabando unos garabatos de letras que el suponía eran conversación; nunca le resultó nada. Se trataba de la primera vez que María le respondía  una carta, por cierto, nada alentadora.
Sí, ya la había visto un par de veces y ella, con esa gentileza natural, le saludaba rápidamente y se marchaba sin platicar. Ese día y los consecuentes a la lectura de la carta, no durmió muy bien. Soñaba a María con el vestido de flores azules y encaje verde, su cabello pelirrojo hasta la cintura y su tierna mirada, sabía que era la escena de la última vez que estuvieron juntos, cuando él la abrazo y le prometió que volvería en el siguiente mes; mintió porque sintió pena al verla llorar, sólo de esa manera ella lo dejo marchar. Despertaba agitado gritando su nombre y arrepentido por no cumplir la promesa. Pasaron los días y se armó de un sobrenatural valor para abrir su corazón a su gran amor.
Amada María.
Tal vez esta sea la carta más atípica que recibas de mi parte. Créeme, es cierto eres mi amada María, eres una de las personas más significativas para este hombre que se está convirtiendo en anciano. Cometí errores, mi dulce princesa, mas tú has sido uno de los más extraordinarios aciertos, junto con Jorge.
A veces uno gasta tantas fuerzas en comprobar “su razón”, que la vida se le pasa sin darse cuenta de lo maravilloso que es la simpleza de los momentos que ya no regresarán, como el compartir unas sabrosas galletas de avena, ¿todavía son tus preferidas?
No me has pedido consejos y yo no estoy para dártelos; sé de antemano que no cometerás los mismos tropiezos. Continúa disfrutando la vida, colmándote de dicha, expandiendo tu espíritu creativo y pintando al mundo con colores llenos de vitalidad y alegría. He visto tus obras, son realmente buenas. Te pido un último favor, sigue siendo tú misma, mi dulce María. Dale un beso y abrazo a los chicos de mi parte. Cuídense.
Te ama David
P.D. Quisiera tanto haber cumplido la promesa que te hice.
Sintió la humedad en sus ojos y notó que lloraba, respiró profundamente y se permitió sentir; al poco rato limpió las lágrimas del rostro. Dobló la hoja cuidadosamente, como si fuera el informe del descubrimiento más sobresaliente de su carrera, la metió en el sobre, le pegó una estampilla y él mismo la llevó a la oficina de correos.
Habían pasado tres días, cuando escuchó el peculiar sonido del cartero, salió para recibir su mensajería y para su asombro, en medio de las notificaciones de algunos pagos y la suscripción de la revista Examine Science, vio un pequeño sobre craquelado color crema con el remitente de María. Ni siquiera agradeció al buen cartero, cerró la puerta y con un ligero temblor en la mano derecha, abrió apresuradamente el sobre, de la nota que decía:
Hola
Aun me gustan las galletas de avena. ¿Qué te parece si te invito a tomar un café en el Riveras, el próximo martes a las seis de la tarde? Van a ir los niños y mi hermano Jorge.

P.D. También te amo, papá.
María

Las aventuras Orozco en el Imperial Dorado


Ésta es una historia corta, con un final que parece que apenas comienza. Sucedió el dos de febrero de mil novecientos ochenta y dos; no me crean del todo, esto no es extraído de fuentes oficiales. Yo era el pasajero numero veintiséis y vi como ocurrió el descarrilamiento del Imperial Dorado.
Todos querían subir al tren lo más aprisa que sus pies pudieran andar, Margarita volvió a pensar que esta era la primera vez que se subía al gran Imperial Dorado, con justa razón había recibido su nombre. Con diez enormes vagones espléndidamente acondicionados con recámaras, comedores, una fina cantina con salas de juego, tres vagones de carga y el furgón principal del chofer el Capitán Rafael Alarcón un hombre que si le ponían mas estrellas doradas a su casaca roja oscura, tendrían que quitarle los botones.
Cuando Margarita lo vio por vez primera, sonrió para sus adentros y pensó que así debería lucir el famoso papá Noel, que sus primos de Phoenix le habían relatado. Ese anciano generoso con barba blanca y rechoncho, que cada víspera de Navidad entregaba regalos. Ella ya había escuchado ese relato, incluso sus padres sin éxito alguno trataron de inculcarle el agrado por esa tradición, a la que ella no mostró ningún interés.
Aunque el tren tenía una enorme capacidad para albergar a ciento cincuenta pasajeros, únicamente viajaban veinticinco personas, entre ellas la familia de Margarita, compuesta por su madre Margaret Williams, una elegante señora con esa típica belleza anglosajona, criada en una vieja zona residencial de Phoenix. Su hermano menor Sebastián, un pillo de cuatro años y su amoroso padre Andrés Orozco, dueño de los  magnos cafetales de Nicaragua, con una creciente carrera política.
Margarita siempre se sintió de ninguna parte. Continuamente viajaban ella y su familia, por toda la esfera terrestre. Pasó los primeros tres años de su vida en la hacienda de su padre, recordaba poco lo que era estar en un hogar, lo único que no olvidó fue el deliciosamente seductor olor del café.
Cuando su padre se convirtió en embajador, ya no tuvo tiempo de echar raíces en alguna tierra fértil, tierra que pisaban, tierra que abandonaban al poco tiempo. Jamás estaban más de dos meses en un sitio, conocía tantos lugares y no recordaba claramente ninguno. Soñaba que posiblemente alguna vez podría vivir en algún sitio donde lograra germinar una amistad o una semilla de identidad.
Casi toda la familia sentía una ligera nostalgia por ser extranjeros. Su padre en secreto extrañaba tanto sus cafetales, era un hombre que amaba la libertad y a veces sentía que su trabajo la cuarteaba. Su madre parecía tensa, sus comentarios bien intencionados, no siempre entonaban en las fiestas diplomáticas de su marido. El único feliz de la vida que llevaban era Sebastián; quien se creía un gitano venturoso.
Los pasajeros eran igualmente políticos, a bordo hicieron los típicos juegos de cortesía, esas etiquetas falsas que tanto molestaban a Margarita. Cuatro familias más se encontraban. La Ministra de educación, Catalina Sáenz, su madre, padre y hermano. El legislador Pedro Mesa, esposa y su adolescente hijo. El diplomático Raúl Giménez, su esposa y cuatro hijos y el escritor Sergio Clemente, acompañado de su estrambótica novia, Sarita Coruña, una modelo despampanante amante de la rumba cubana y moda francesa, que no era bien vista por toda la politiquería y altas esferas sociales, por sus orígenes humildes y desinhibiciones al actuar.
Margarita, recorrió todo el lugar con la mirada y dio un soplido de aire; sin duda este sería un largo viaje. Los motores echaron a vapor y el monstruoso transporte comenzó a rodar.
Si algo molestaba a Sebastián eran las mujeres que pellizcaban cachetes como muestra de afecto. A sus cuatro años, aprendió a defenderse de aquellos ingratos personajes que iban regalando cariños salvajes que él no pidió recibir. Era un niño que se sabía extremadamente privilegiado por su posición como hermano menor y de la vida que llevaba, sin entender cómo su hermana, no podía participar en tal destino de suerte.
Margaret vigilaba muy de cerca al travieso Sebastián; tomó un sorbo de té, mientras se apretaba las sienes; con la punta de los dedos.
 ─ ¡Increíble! ahora me dará jaqueca─ pensó.
Era una mujer realmente hermosa y preparada, con una carrera prometedora en  ballet clásico que abandonó, cuando se casó con Andrés. Jamás se arrepintió de su familia, mas sí coqueteaba con la idea de establecerse en un hogar y enseñar ballet. Trataba, sin éxito, de persuadir a su hija para que siguiera sus pasos. Margaret vio por los ventanales como el tren dejaba de vista la ciudad y se  introducía al hermoso paisaje natural y no pudo evitar imaginarse bailando en las campiñas de Phoenix, como cuando era pequeña.
El marchar del tren se volvió una constante tranquila, eso es lo que cavilaba Andrés. Estudió Fisica en la facultad de ciencias exactas de Oxford, por petición de su padre, donde conoció a Margaret. Se casó con ella no sólo porque le pareció la mujer más bella que conocía, de igual manera se enamoró de su carisma e inteligencia. Regresó a los cafetales porque era lo que realmente le gustaba hacer. Trabar buenas conversaciones con los trabajadores, administrar la hacienda y estar con su familia.
Cuando incursionó en la política, lo hizo más como un obsequio a sus padres, quienes tenían una gran trayectoria en las andanzas de gobierno, y rápidamente emergió como embajador.
La palabra embajador se cruzó en su diálogo mental y Teresa, una de las tres mujeres que trabajaban en el comedor, le habló, para decirle que su esposa lo buscaba. Llegó sin hacer ruido, vio a Margaret y sus hijos instalándose en la habitación que estaba decorada con pulcras cortinas de algodón; sintió un poco de pena por ellos, quería brindarles una vida menos agitada. Le preocupaba demás Margarita, quien sin duda era la que menos gozaba esa vida. De una forma secreta admiraba a su hija, pues siempre mostró un carácter propio para decir las cosas con una risible honestidad.
Espere, no crea el lector que esta es la historia de una familia desdichada, nada de eso. Llanamente, al igual que muchos humanos, a veces creían que debían hacer cosas por compromiso, a excepción de Sebastián, que sí aprovechaba su cómoda situación. Tengamos paciencia y veámos en qué acaba esto. Los Orozco se amaban y desde un ángulo se podría ver el contraste entre lo que querían hacer y lo que realmente hacían. No contaban con que el Imperial Dorado, tenía algo de magia en sus ruedas.
El gran Dorado haría una larga travesía saliendo del Sur de México, hasta su destino, Nicaragua. Debemos recordar que era el tren más “moderno” de su tiempo, así que esto le llevaría tres largas semanas. La primera semana no pasó nada realmente emocionante, los pasajeros cumplían con las reglas de cortesía asignadas; era como ver a pequeños pingüinos interactuando, muy gracioso el asunto.
La segunda semana, las cosas comenzaron a ponerse interesantes. Margarita para ese entonces, ya detestaba con unas fuerzas chifladas a Joaquín, el hijo de Don Pedro, quien era un muchachillo nada feo, con ciertos aires de presunción que se había enamorado de Margarita y poseía el tino de mostrarle su atracción molestándola. Sebastián al fin encontró  quien le siguiera el ritmo, Jorge y José, los  hijos gemelos del diplomático Raúl.
Margaret  halló una amistad sincera con Sarita, pues su afinidad por el baile y la cualidad de no encajar, las convirtió en grandes amigas. Andrés se dio cuenta de que era un excelente jugador de naipes y sutilmente podía aplicar ese talento, para mencionar su reforma de comercio justo, que beneficiaría tanto a los pequeños agricultores como a los grandes comerciantes.
A mitad de la tercera semana, las cosas sí que estaban agarrando otra vez un paso aburridón, pero ese tren tenía entre sus propósitos no solamente hacerlos pasar un buen viaje. La madrugada del miércoles, cuando todos dormían plácidamente en sus lechos, un fuerte rugido  hizo temblar las vías de alguna comunidad boscosa de Sudamérica y el tren despertó a todos; decidió que era hora de que él durmiera, muy gustoso, se tiró de lado y se echó a dormir.
El dormilón ferrocarril imaginaba al creativo Sergio escribir:
Un tren yace descarrilado a un lado de los rieles. Acostado sobre la hierba en medio de un silencio absoluto en el campo. Ningún pasajero ha reaccionado aún, nada se mueve, sólo un conejo mordisquea unos renuevos de alfalfa, a unos centímetros del furgón de lujo.
Se descarriló con tanta gracia que no lastimó ni al ciempiés que estaba debajo de las vías, sus intenciones eran buenas; aunque se pensara lo contrario. Todos los pasajeros despertaron por la abrumadora impropiedad del Imperial Dorado. Comenzaron los gritos de los niños, seguidos de las mujeres y uno que otro hombre. Margarita era la única que permanecía, hasta cierto punto, en un estado de calma, una calma extraña dadas las circunstancias.
Su padre se precipitó a reunir a toda la familia y a sacarlos fuera del tren. Todas las familias se apiñaron en medio de la abrazadora y fría madrugada del campo. Al amanecer hicieron recuento de los daños y afortunadamente, sólo se rompió una que otra taza de porcelana, de la lujosa y bien equipada cocina.
Un temor recorrió las mentes del capitán Rafael y su ayudante Fernando Santos, en medio de la nada y con los pocos abastecimientos alimenticios que estaban por agotarse, no durarían ni una semana. Cuál fue su sorpresa que al abrir la bodega, había alimentos para mantener un ejército completo, por varios meses. El pícaro ferrocarril, tenía unos cuantos trucos bajo sus motores, y no todos iban hacer encantadores.
En medio de la espesa vegetación, no les quedaba más que esperar; sin duda esta iba a ser una larga estancia.
Continuara… 


MI BIOGRAFIA



Lo que recuerdo de mi infancia, es que en cada Navidad y Año Nuevo, nos reuníamos  toda la familia en casa de mi papá y nos divertíamos mucho quebrando piñatas; además de las piñatas hacían otros juegos, como el juego del sartén, que consistía en tiznarlo y pegarle monedadas y lo colgaban, y teníamos que pasar uno por uno a arrancarle la moneda con los dientes, no teníamos que meter las manos para nada, y esto era muy, pero muy divertido, por eso no lo olvido.
Recuerdo que mi mamá nos llevaba al rio para lavar la ropa, el agua cristalina,  limpísima; la gente nadaba en el rio, esto era muy lindo, disfruté tanto el agua del rio.
Cuando tenía siete años,  mi mamá y yo fuimos al mercado y me encantaron  unas faldas de color naranja y beige, tenían bolsas en forma de corazón y le dije a mi mamá que me comprara al menos una. Ella no quería pero me puse a llorar y finalmente me compró las dos. Estaba feliz con mis faldas, sólo que me quedaban arriba de la rodilla y cuando me vio mi papá, se molesto mucho y me dijo que no quería ver que me pusiera esa falda, y no me las volví a poner; ¡qué tristeza para mí! Pero me alegraba mi perro que se llamaba Puma, era de color blanco, muy cariñoso, juguetón y fiel; murió de viejito.
A ésa misma edad entré a la primaria, tuve muchos amigos; lo que me encantaba de la escuela, era cuando nos ponían a sembrar plantas y hortalizas, lo más divertido era cuando nos mandaban a cosechar. También fue bonito cuando realizamos una excursión a Veracruz, fue la primera vez en mi vida que conocí el mar; lo vi tan inmenso, que lo confundí con el cielo. Las olas que pegaban fuerte, la brisa que caía sobre mi cuerpo, y aquel rico y delicioso calor que gocé en la playa.  Nos subimos en un barco y con mucho gusto nos recibieron unos filipinos, dándonos a cada uno una fruta fresca; a mí me toco una fría y deliciosa rebanada de sandía; fue la primer ocasión que conocí un barco muy grande.
Mi adolescencia la disfruté mucho, sobre todo la etapa de la secundaria, ¡qué momentos tan agradables! Por tener buen promedio me escogieron para formar parte del día del estudiante; los tres años participé en la escolta y esto me encantó.  También hicimos una excursión a Acapulco porque ya estábamos por terminar el tercer año. Para esto, todos los compañeros nos pusimos a vender tortas preparadas, refresco o agua de sabor, para recaudar fondos y no tener que pedirles a nuestros papás; así  fue como realizamos el viaje y fue una experiencia inolvidable, fui muy feliz, feliz, feliz.
En mi juventud, comencé a trabajar en una Biblioteca Pública, tenía veinte años entonces. He tenido una larga experiencia muy grata, ya que siempre he convivido con la gente y sobre todo con los niños. Mi trabajo está vinculado con los libros y la lectura; esto me ha dado muchas satisfacciones y me ha  ayudado en mi formación personal.
A los 24 años me casé por la iglesia,  mi esposo y yo escogimos el vestido de novia; dicen que no es bueno que el novio vea el vestido antes de la boda, porque es de mala suerte, pero no lo creo ya que hasta ahora nuestro matrimonio está unido y tenemos una hermosa familia.
 Soy Ángeles, tengo 47 años, trabajo, estoy estudiando el bachillerato no escolarizado. Tengo cuatro hijos dos hombres y dos mujeres, todos estudian y mi hija la mayor esta por terminar la carrera. Me siento realizada, agradecida con la Vida y con Dios por  ser quien soy una mujer, esposa y madre feliz.

MARIA DE LOS ANGELES OSORIO MORALES
BIBLIOTECA PÚBLICA NUM. 759  “HIDALGO”
SAN LORENZO ALMECATLA, PUEBLA.

lunes, 4 de marzo de 2013

Amnesia



Como duende pequeño, sus ropas grandes y sucias, su gorra de lado; Kaliman, así le llaman sus vecinos y amigos, sale día a día a bolear zapatos por la ciudad. Su hogar, un viejo vagón al que arregla con esmero, colgando en las afueras plantas variadas y multicolores; una silla vieja donde suele descansar por las tardes, cobijado por una sombrilla hecha de lonas desgastadas.
El atardecer lo disfruta dándole de comer a sus conejos, que conserva resguardados en una jaula; su música, el aleteo de los pájaros, el canto del viento y su televisor, las nubes que lo dejan llevar felizmente. Su vagón acondicionado a sus necesidades, con una cama de tablas apoyadas en unos blocks; su colchón, unos avíos viejos que le regalo su amigo Juan, que es dueño de una jarcieria; sus cobijas de retazos de tela que él unió cosiendo a mano, su parrilla de dos hornillas y un tanque de gas pequeño. Por las noches se alumbra con velas, la comida siempre se la regalan donde anda boleando. Quién diría que un simple bolero fuera de gustos tan exquisitos: sabe leer y le agrada la buena música, muy devoto de su fe y muy amigo de Doña Jovita, mujer mayor con la cual es muy servicial; le ayuda a regar las plantas, barrer la calle, ir al mercado por las canastas, incluso come con ella. En su caminar diario, los chicos lo torean escondiendo su cajón de bolear, para que juegue con ellos futbol en la calle dejándolo sin su herramienta de trabajo, pasándose ratos increíbles.
Cierto día, como es costumbre después de hacer sus labores en casa, sale, pero no iba contento; había pasado una noche inquieta. Transcurrió su día sin tropiezo alguno; ya pasada la tarde, estando a punto de llegar a casa, escucha un ruido espantoso y corre tirándose al suelo de rodillas, agarrándose la cabeza fuertemente, sintiendo un dolor espantoso al ver un tren que yace descarrilado a un lado de los rieles. Acostado sobre la hierba, en medio de un silencio absoluto en el campo, ningún pasajero ha reaccionado aún; nada se mueve, sólo un conejo mordisquea unos renuevos de alfalfa a unos centímetros del furgón de lujo.

Ana Rosa Ortíz

Ansiedad



Típico de Xicotepec, la niebla en invierno no permite ver más de medio metro de distancia; los niños súper abrigados van a la escuela, los autos con sus faros alumbran el camino, en las afueras del portal, el puesto de tamales y atole, el vapor de la tamalera y la olla de atole, invitan a uno a sentarse y tomar algo caliente para quitar el frio. Es ahí donde Roberto espera la hora de entrada al trabajo; mientras eso sucede, toma plácidamente su vaso de atole de cacahuate y conversa todo lo que pasa, luciendo un bello abrigo gris Oxford que hace lucir su tez apiñonada y sus ojos color aceituna. Las chicas coquetas lo saludan risueñas, y él pícaro, responde con una sonrisa.  La espera pasa tan pronto, que al poco rato escucha el tic tac del reloj municipal dando las nueve de la mañana. Ya que es hora de entrar a trabajar, recibe una orden de su jefe mandándolo a dejar unos papeles de Hacienda a Necaxa; incómodo, no le queda más  que obedecer en ese momento.  El silbido del cartero anuncia carta para Roberto que sale al instante, la toma y al ver el remitente, solo la estruja con sus manos y la guarda en el bolsillo de su abrigo.
En el trayecto a Necaxa observa el paisaje con melancolía. Al llegar enciende un cigarrillo, jugando con el humo, en su caminata hasta su destino.  Se detiene un poco en el puente a observar la  presa y ahí saca su carta para leerla, respirando profundamente y volver a ver el sobre enviado desde Suecia. Tiempo atrás había mandado una solicitud de trabajo y ahora recibía respuesta; no se atrevía a ver el contenido, ya que en ese momento de su vida era feliz, tenía trabajo y una bella familia. Guardó otra vez la misiva; llegó al lugar donde tenía que cumplir con el encargo requerido y hecho esto, toma el camino de regreso.
En las afueras de la escuela, se encuentra al señor de los helados gritando:
- ¡Hay helados de pétalos de rosa, coco, limón!
De entre una gran variedad de sabores, compra uno para disfrutarlo en el camino a la base de autobuses. Pasa nuevamente por el puente y se detiene;  al meter la mano al bolsillo de su abrigo, sus manos tocan la carta, la siente y la toma sin saber qué hacer. En eso, llega un anciano que lo ve y le pregunta qué le pasa, pues temía que por su tristeza, tuviese intenciones negativas, pero no era así; y como si se conocieran de tiempo atrás, platican un buen rato. Roberto escucha el consejo del anciano, así que toma la carta, destruyéndola sin querer saber su contenido.
Su mayor felicidad en este momento de su vida son su esposa e hijos, ¿qué más felicidad podía tener?
Durante el retorno a Xicotepec, disfruta los árboles, los pájaros en parvada buscando refugio del frío, los autos que rebasan el autobús; a sus compañeros pasajeros los observaba con atención, queriendo ver a través de sus ojos, más allá de un horizonte donde la felicidad es tan escasa. Baja del autobús que ha llegado a su pueblo, donde la niebla en invierno es densa; pero para él y en su corazón, el calor es abundante. Coqueto, se acomoda su abrigo gris Oxford, silbando su melodía favorita.

Autor: Ana Rosa Ortiz Hernández.

Palabras enemigas



Solía Claudia disfrutar instantes eternos en el norte sureño buscando cerca del mar, sumergir sus pies en el agua seca, gozando por la tarde dulzuras horrendas, dejando que el tiempo la cubra con apresurada lentitud, llenando de vacíos el círculo cuadrado.
Apresúrate despacio, amor mío, porque apenas nos queda calma en un tiempo en el que morir, cada vez más, forma parte de la vida. Por eso la urgencia de recordar qué es vivir. Porque el espejo revela nuestras contradicciones y refleja esa sombra antagónica, que señalamos con un dedo reprobatorio, pero que nos sigue siempre alargándose cada vez más según se escapa el día, pues es parte de nosotros, por más que soñemos ser virtuosos.
Palabras enemigas que se convierten en verdad, al ser pronunciadas en nuestras bocas. Aunque a veces parezca que sólo se vuelven ciertas, al ser nombradas entre anuncios publicitarios, en informativos que consumimos, usamos y tiramos, como el papel que envuelve el caramelo mentolado, que llena de espiral aromatizada tu boca.

Ana Rosa Ortiz Hernández
Xicotepec de juárez

Bob Esponja


NOMBRE: ESTHER MARTINEZ MORENO
BIBLIOTECA: SOR JUANA INES DE LA CRUS
EDAD: 21 AÑOS



Nació el 25 de mayo de 1981.

Bob esponja nació el 25 de mayo de 1981, sus padres señor pantalones cuadrados y señora pantalones cuadrados.
En 1999 Bob esponja decidió vivir solo y así lo hizo se fue a vivir a la ciudad de fondo de bikini en una casa de piña se busco un empleo y lo encontró en el crustáceo cascarudo  su patrón  el señor cangrejo  decidió darle la oportunidad de ser el cocinero  Bob esponja es muy feliz trabajando haciendo cangre burgués.
Bob esponja tiene una mascota  un caracol llamado Gary  tiene a su gran amigo Patricio estrella  con el y su amiga Arenita  a pasado momentos inolvidables.
También tiene un vecino llamado Calamar do  Bob esponja lo aprecia mucho, el pasatiempo favorito de Bob esponja es atrapar medusas, es estudiante de la escuela de botes de la señora Puf.
Bob esponja es muy feliz viviendo en el fondo de bikini y tiene  una meta se feliz a todos los televidentes.



Demente sensatez



Se perdió el tranvía de las cuatro y decidió reposar en el parque. No le sorprendió tanto ver las gotas de rocío en las hojas, cayendo suave. Con la temerosa valentía propia de su personalidad atípica, cogió con entristecida felicidad una gota saboreándola agridulce. La aburrida alegría que transita su corazón, no le permitió conmoverse: la soledad resalta más. Ni siquiera le preocupó ocultarla. La luz oscura redirigía su atmosfera a la sombra clara del mástil a su lado. Recordaba el negro claro de aquellos ojos odiosamente amorosos y monstruosamente bellos. Con pesada levedad suspiró y se rió sarcásticamente por la afortunada desgracia o por la alegre desdicha; como lo diría su gran amigo el poeta neoyorkino. El estridente silencio, hizo ruido en su pensamiento y vagó por los rincones de la nostalgia: la verdadera mentira era que había olvidado a esa persona… ¿negación? Sabía que su honesta falsedad, no rendiría frutos, se puede engañar a todos,  pero no a uno mismo. La paciente inquietud de sus dedos, interrumpió sus pensamientos incesantes. Con irrisoria seriedad siguió su actividad degustando gotas de agua. Rara diversión, pensarán; pero con un poco de inteligente estupidez, uno le encuentra gusto al oficio de saborear rocíos. ¡Oh, gloriosa locura¡, ! Demente sensatez, que permite romper los grilletes de la “cordura”, ¿Quiénes serán los locos, los que son todo menos ellos mismos, o el que es él mismo sin agradar a todos? En ese segundo eterno y con frágil fortaleza, se respondió: ¡qué importa! Todos estamos un poco locos. Sabía que la locura que amaba no era la de la enfermedad, sino la que permitía liberar el alma de tantos “no”, “tienes”  y “debes”. Sentía una sincera compasión por aquellos seres que enferman y contagian con ese agobio al alma. Por ello la locura a la que se inclina era liberadora de la gracia, de la verdadera intimidad. Bienvenida seas amiga enloquecida, hay una cerradura abierta, pasa, siéntate. Qué compleja simplicidad, murmuró a las hojas verduscas,  las hojas quietas no respondieron ¿Por qué deberían hacerlo? Para ellas todo es sencillo, no están imbuidas en el mundo de los chiflados humanos. Conocen poco de sus costumbres e ideas y así es mejor, para resguardar el equilibrio. Su soledad acompañada se siente por aquellas delgaduchas hojas. Estiró los brazos, las manos hasta llegar a la última articulación del dedo meñique. Prosiguió su caminar, está inoportunidad venturada le ofreció un nuevo comienzo. Regaló una mirada de agradecimiento a ese mudo hablante de ramilletes de hojas verdes, sabias sigilosas. Prosiguió su andar, acompañándose de esa maniática lógica suya.

¡Qué exitoso fracaso logró este soliloquio!



Claudia Ramirez Martínez
Tehuacán

lunes, 18 de febrero de 2013

Boo de Monsters Inc., mi personaje favorito.





Boo nace en el año del 2001, cuando crean la película de los Monsters Inc. Ella es una niña de más o menos dos años, que vive con sus papás y le da miedo asomarse en el closet, porque es adonde se le aparecen los monstruos y por eso ella se asusta mucho.  También es muy juguetona y muy llorona.

Cuando Sully le ayuda a salir de la puerta, a ella ya no le asusta ver más monstruos en el armario Y Boo tiene muchos juguetes en su cuarto , pero ella juega solita, porque no tiene hermanos; es una niña muy tierna, y cuando la ven, le gusta asustarlos: les dice ¡boo! y todos los monstruos  se espantan.  Es chiquita pero muy inteligente y le gusta compartir sus juguetes con los demás aunque no los conozca.
Boo crece pero nunca se olvida de su amigo Sully y sigue esperando que algún día, salga de su armario otra vez.



Ayelen Olivares Hernández
San Lorenzo  Almecatla